4:37 PM

Pentecostés...


Jorge Volpi
(Imagen tomada del blog del autor en el Boomeran(g))



Del pelo largo y la actitud rockera, al look cool o nerd. De la colección amarilla de Gallimard a la del mismo tono de Anagrama. De los debates iracundos sobre política en la universidad a miles de posts en la blogosfera. Del realismo mágico al realismo y la ciencia ficción; de Gabriel García Márquez a Santiago Gamboa y de Mario Vargas Llosa a Iván Thays: ¡vaya si ha cambiado el perfil del perfecto y joven escritor latinoamericano!



(En la Revista Ñ del 16 de noviembre de 2009)

8:15 PM

Los Invasores: ese dedo meñique...


Muchos amigos han notado que, ya sea cuando tomo el consabido vaso de Inca Kola en el chifa (para los no peruanos, restaurante de comida china) o degusto una copa de vino (mentira, a lo más pisco sour preparado con pisco Don Amadeo), mi dedo meñique adquiere vida propia y se separa del resto. Algunos creen que soy un huachafo que quiere dárselas de refinado. Otros, que me gusta jugar al contradictorio, y dado que nuestra arbiter del buen gusto, doña Frieda Holler Figallo ha dictaminado que Ese dedo meñique levantado al tomar una copa no es señal alguna de refinamiento sino de huachafería o cursilería, yo lo seguiría haciendo por darle la contraria.

La verdad, estoy de acuerdo con Frieda Holler, ese dedo meñique no debería ir más. Huachafo el que lo usa, sólo será objeto de burla del respetable.

Entonces, ¿por qué insisto en una costumbre con la que no estoy de acuerdo? Bueno, todo tiene su historia... como David Vincent.

Eran los años setenta del siglo XX, en pueblo tan aburrido que una la explosión misericordiosa de una bomba atómica solo podria mejorarlo. El cine era el único escape, y a veces, la televisión. Como cuando transmitían por las noches la serie Los Invasores (USA, 1967), serie de ciencia-ficción en la cual el arquitecto David Vincent (siempre quise saber cómo conseguía plata para subsistir, puesto que había dejado su carrera de arquitecto para dedicarse a perseguir a los invasores) va de pueblo en pueblo (norteamericano) intentando convencer a la gente de que los invasores (seres de un planeta que se extingue) están aquí (bueno, en USA) y ... ¡quieren invadirnos!.

Ahora bien, dada la lejana época en que se realizó la serie, los efectos especiales no eran precisamente el plato fuerte, sino la tensión y la intriga que se desarrollaba en cada episodio: David Vincent (magistralmente interpretado por el actor Roy Thinnes, que hasta cuenta con su propio sitio web), el único ser humano que ha sido testigo de la llegada de los invasores, siempre estaba tratando de conseguir una prueba o un testigo clave para poder demostrar a las autoridades que no se trataba de un enajenado. Indefectiblemente, la prueba desaparecía o el testigo era asesinado por los invasores, cuando no pasaba a la clandestinidad para no poner en peligro a su familia.


Los invasores de la serie, si bien se nos afirmaba que poseían una morfología distinta a la terrestre, habían adoptado nuestro aspecto para infiltrarse mejor entre los humanos. Pero como se trataba de una serie de ciencia-ficción, tenía que haber algún efecto especial, que se utilizaba en momentos climáticos: cuando un invasor moría, su cuerpo comenzaba a brillar con un color rojo intenso, para luego convertirse en polvo, acompañado de una musiquita que ponía los pelos de punta.

Pero eso no era todo: los invasores, bajo su disfraz humano, no eran todos iguales. La gran mayoría de ellos tenía problemas con las manos. Generalmente, no podían mover el dedo meñique. En algunos episodios, parece que a algunos actores se les olvidaba este detalle, y podía ocurrir que el invasor que en los primeros minutos tomaba un café como todo el mundo, en la mitad del episodio cogía una pistola (con la misma mano) exhibiendo el meñique de una manera que Frieda Holler sólo podría calificar de huachafa. Lo mismo podía pasar cuando daban la mano, usaban una máquina de escribir o aplaudían.

Se imaginarán ustedes lo que para un niño propenso a las fantasías podía significar eso. Nada de orejas puntiagudas a lo Spock, nada de piyamas a lo Kirk, nada de lentes de soldador a lo Ultra Siete: bastaba tener el dedo meñique extendido para pasar por invasor extraterrestre. ¿Y cuál es la ocasión más propicia para extender el dedo meñique? Pues cuando uno coge un vaso... o una copa.

Los años pasaron, mis meñiques se volvieron nostálgicos y como que adquirieron vida propia. Aún siguen jugando a caracterizar a un invasor. Soy consciente de que para algunos amigos me veo como un huchafo insufrible, y como no suelen ser personas dadas a la fantasía (o no tan viejos que sepan que existió la serie), me miran burlonamente mientras tomo mi pisco sauer o mi vaso de chicha morada (peruanazo hasta en el trago, dirán algunos. Pues... si). Mientras tanto, la magia del DVD (y la hechicería de la piratería) nos han traido de vuelta a Los Invasores, que sólo tuvieron primera y segunda temporadas en la televisión, y una miniserie filmada en 1995, tan aburrida que le redujeron metraje y la convirtieron en telefilme .


La película en mención, para mi suerte, no es el punto final a las actividades de los invasores. Siguen por ahí, apoderándose de pueblitos infames o de corporaciones transnacionales. De modo que aún podemos jugar a intentar convencer a un mundo incrédulo de que la pesadilla aún continúa...











Los invasores... seres extraños de un planeta que se extingue. DESTINO: LA TIERRA. PROPÓSITO: ADUEÑARSE DE ELLA. David Vincent los ha visto. Para él todo empezó una noche en un camino solitario, cuando buscaba un atajo que nunca encontró. Empezó con un merendero cerrado y abandonado; con un hombre tan fatigado que no podía seguir viajando. Empezó con la llegada de una nave de otra galaxia. Ahora David Vincent sabe que los invasores han llegado, que han tomado forma humana. De algún modo, debe convencer a un mundo incrédulo de que la pesadilla ya ha comenzado…

8:17 PM

Los bárbaros de Alessandro Baricco

El futuro se pudo imaginar de muchas maneras. Solíamos pensar en clave tecnológica antes que nada, en autos voladores, robots, viajes espaciales y computadoras por todos lados. De una manera u otra, estas visiones se están haciendo realidad, aunque solo las computadoras cumplen un requisito no expresado por los visionarios, como es el de la accesibilidad.
Pero hay otro aspecto que no siempre tuvieron en mente los futuristas: la sociedad del futuro, es decir, los usos, costumbres, organización, modos de entretenimiento... en suma, todo aquello que a grosso modo llamamos cultura. También se nos escapó imaginar cómo serían las nuevas relaciones con el conocimiento, o a qué llamaríamos conocimiento en el siglo XXI.
Un libro que puede ayudarnos a entender nuestro presente (es decir, el futuro de nuestro pasado) es Los bárbaros - Ensayos sobre la mutación del escritor italiano Alessandro Baricco, cuyas observaciones sobre nuestro mundo han sido brillantemente expuestas y acaso resumidas en el siguiente SlideShare:

10:21 PM

Y ¿enseñar? locamente





Puesto que mi madre era maestra de educación inicial, y dos tíos míos eran también docentes, es de suponer que de ahí viene cierta obsesión mía por la enseñanza. Mientras hacía las tareas escolares - las planas, que les decíamos en esos años setenta, en los que ni siquiera existía la televisión a color - , alguna vez me ponía a pensar en las escuelas del futuro, simplonamente descritas en series de dibujos animados como Los Supersónicos (The Jetsons) como un más de lo mismo, pero con la tecnología ad-hoc.: transporte en cohete o nave voladora, uniforme con rebordes en los hombros, profesores robots (bueno, creo que los hubo y los hay) y sobre todo, computadoras, muchas computadoras por todos lados. Como ahora.



Mi posterior contacto con la ciencia ficción "literaria" me permitió conocer mejores y más inquietantes (e incluso excitantes, como se verá) extrapolaciones del arte de la enseñanza en el futuro. Está el bello y melancólico relato Treinta días tenía setiembre de Robert F. Young, en el volumen Los mejores relatos de ciencia ficción de Editorial Bruguera; sobre un atribulado ciudadano que tiene como único consuelo, frente a una existencia anodina y perversamente instrumentalizada por los poderes de turno, sus recuerdos de una infancia feliz transcurrida junto a sus maravillosos profesores robots, que nada parecen ofrecer a su mundo, cuyo sistema de enseñanza se basa en la idea de enseñar cosas útiles, acabando así con la creatividad y el contacto humano. Las clases se dictan por televisión. Para su buena suerte, el protagonista tendrá una oportunidad de reencontrarse con su añorados recuerdos, cumpliendo de paso la fantasía que tienen algunos niños de enamorarse de la maestra (que no me ocurrió a mi, no tenía tan mal gusto).


En la misma onda de extrapolar los extremos a los que lleva la idea de una educación méramente útil, pude disfrutar también del inquietante relato Y enseñar locamente de Lloyd Biggle Jr. (Colección Libro Amigo, también de Bruguera, Selección de Ciencia Ficción N° 3), cuyo falso final feliz no nos consuela de la pesadilla educativa que describe. Las clases se dictan por televisión, por el ahorro en maestros (se graban las clases para futuras emisiones) y en inmuebles (ya no es necesario construir escuelas) que esta política educativa representa. Ahora, los maestros no ignoran que la televisión tiene un lenguaje muy pero que muy particular: está diseñada para capturar la atención del espectador, y para ello, debe ser lo menos reflexiva posible. Ya se pueden imaginar que los "profesores" del relato son más actores que docentes, llegando a desarrollar curiosas técnicas para captar la atención de sus alumnos: realizar imitaciones, trucos de prestidigitación, rutinas cómicas, incluso realizar amagos de strip-tease. La protagonista del relato, una maestra a la antigua proveniente de Marte, pregunta asombrada si los alumnos realmente aprenden con semejantes clases. Un directivo del canal le responde: "Bueno, si miran la pantalla, algo aprenderán". El futuro necesitaría, entonces, cualquier cosa menos ciudadanos con capacidad crítica o de reflexión.
El futuro de mi infancia es, en parte, este presente. Con computadoras, internet y cable. Y creo que, bien utilizados, estos adelantos técnicos podrían ayudar a una mejor educación, sobre todo, en las áreas rurales del Perú, secularmente abandonadas por las sempiternas y desastrosas políticas educativas del gobierno de turno. Pero no debemos olvidar una cosa: la educación es de las personas para las personas. La tecnología sólo es un medio, no un fin.
Quisiera recomendar una lectura: el artículo Leer en pantalla: un alfabetismo de menor calidad, de Mark Bauerlein, traducido del inglés y publicado en el portal Libros Peruanos. Los dejo con este inquietante párrafo, tomado del artículo en mención:
"En una clase de Introducción a la poesía, un tiempo atrás, cuando les pedí a los estudiantes memorizar 20 líneas de un verso y recitarlas a los otros en la siguiente reunión, una voz soltó “¿Por qué?”. La estudiante no estaba siendo insolente u hosca. Ella simplemente no veía el propósito o el valor de la tarea. Inteligente y rápida, ella juzgaba el trabajoso proceso de registrar las palabras de otros como un ejercicio primitivo. Además, si con un clic se puede recuperar el verso en cualquier momento, ¿por qué recordarlo? El año pasado, cuando pedí a los estudiantes de un curso de revisión de literatura que obtuvieran obituarios de escritores famosos sin usar Internet, me miraron confundidos. No se les ocurría sacar un libro de referencia, preguntar a un bibliotecario y encontrar una microficha. Demasiado delivery gratis a través de la pantalla había agotado esa iniciativa."

10:47 PM

Mamá (1933-2008)

Si mi padre fomentó mi afición por la ciencia ficción, mi madre contribuyó a formar mi carácter, en el sentido de tener bien puestos los pies sobre la tierra. Vamos, que de ciencia ficción no vive el hombre, y en buena hora, gracias a mi madre, aprendí a recolectar el dinero que me permitía mantener mi vicio… ¡a la edad de 10 años!
No negaré que esto solía parecerme fastidioso. Como todo infante, veía solo ventajas y privilegios para mis hermanos, en contraposición con las tareas y encargos – trabajo –que recaían en mí.
Ahora que acaso tengo la edad de mi madre en esos tiempos felices, compruebo una vez más que ella tenía razón. ¿Dónde estaría yo ahora sin esa actitud que en su momento no sabemos valorar? Por suerte, yo tardé menos en darme cuenta de lo sensato de sus ideas y actitudes, que valoro con más intensidad ahora que no está conmigo. Aunque no venciste al cáncer físico, hasta el 6 de mayo de 2008 (la última noche que pasamos juntos, contándote anécdotas que te divertían) luchaste contra él. Pero tú venciste otro tipo de cáncer. Nos vemos pronto, mami.

9:00 PM

Tradición oculta...


El sistema editorial peruano no sólo es débil y laxo, sino también, parcial y de alguna manera discriminatorio. Como ha señalado Abelardo Oquendo, a propósito del Premio Copé – 1981, apenas se puede ver “la punta de un iceberg” y por tal señal, ese universo móvil y entusiasta de los concursos, sopesar la masa de relatos que jamás serán publicados. Todos quienes hemos sido jurados en estos concursos sabemos que existe una nutrida producción de relatos de ciencia-ficción, que no deja huella en la parte visible de nuestra narrativa, (…)




Antonio Cornejo Polar/Luis Fernando Vidal


Nuevo cuento peruano (Antología)

Mosca Azul Editores
Lima, 1984

7:34 PM

José B. Adolph (1933-2008)




De no ser por la internet, jamás habría tenido la oportunidad de conocer en persona a José B. Adolph, quien generosa y sencillamente hacía público su e-mail en la página Ciberayllu, de la cual era colaborador regular. Esto ocurrió recién en el 2002.


Desde ese entonces, nació lo que considero una de las más valiosas amistades con las que pude contar. Valiosa para mí, en todo caso, por que en las sucesivas reuniones que tuvimos en el departamento de José pude descubrir que siempre es más lo que ignoramos que lo que sabemos, incluyendo artes como la conversación, el buen humor y el mantener una prudente actitud de cordial escepticismo.


Creo que no hay nada que haya escapado a la voraz curiosidad de José. La historia, la literatura, la política, el café, los gatos, el teatro, la música, el cine. Todo ello - así como sus grandes amores, la eternamente bella Delia , la gata Misha - era el contenido de su vida. La irreverencia también.


Esta pluralidad vital es lo que debió llevarlo, entre otros rumbos, a la ciencia ficción, género que disfrutaba enormemente, al igual que el terror, especialmente cuando se trataba de la obra de Stephen King.


Difícil decir "descansa en paz" a quien no conocía el cansancio. Conociéndolo, ahorita mismo debe estar jodiendo a Alguien.

(Arriba, portada de "La verdad sobre Dios y JBA", pintada por Delia Revoredo Sedero)