Muchos amigos han notado que, ya sea cuando tomo el consabido vaso de Inca Kola en el chifa (para los no peruanos, restaurante de comida china) o degusto una copa de vino (mentira, a lo más pisco sour preparado con pisco Don Amadeo), mi dedo meñique adquiere vida propia y se separa del resto. Algunos creen que soy un huachafo que quiere dárselas de refinado. Otros, que me gusta jugar al contradictorio, y dado que nuestra arbiter del buen gusto, doña Frieda Holler Figallo ha dictaminado que Ese dedo meñique levantado al tomar una copa no es señal alguna de refinamiento sino de huachafería o cursilería, yo lo seguiría haciendo por darle la contraria.
La verdad, estoy de acuerdo con Frieda Holler, ese dedo meñique no debería ir más. Huachafo el que lo usa, sólo será objeto de burla del respetable.
Entonces, ¿por qué insisto en una costumbre con la que no estoy de acuerdo? Bueno, todo tiene su historia... como David Vincent.
Eran los años setenta del siglo XX, en pueblo tan aburrido que una la explosión misericordiosa de una bomba atómica solo podria mejorarlo. El cine era el único escape, y a veces, la televisión. Como cuando transmitían por las noches la serie Los Invasores (USA, 1967), serie de ciencia-ficción en la cual el arquitecto David Vincent (siempre quise saber cómo conseguía plata para subsistir, puesto que había dejado su carrera de arquitecto para dedicarse a perseguir a los invasores) va de pueblo en pueblo (norteamericano) intentando convencer a la gente de que los invasores (seres de un planeta que se extingue) están aquí (bueno, en USA) y ... ¡quieren invadirnos!.
Ahora bien, dada la lejana época en que se realizó la serie, los efectos especiales no eran precisamente el plato fuerte, sino la tensión y la intriga que se desarrollaba en cada episodio: David Vincent (magistralmente interpretado por el actor Roy Thinnes, que hasta cuenta con su propio sitio web), el único ser humano que ha sido testigo de la llegada de los invasores, siempre estaba tratando de conseguir una prueba o un testigo clave para poder demostrar a las autoridades que no se trataba de un enajenado. Indefectiblemente, la prueba desaparecía o el testigo era asesinado por los invasores, cuando no pasaba a la clandestinidad para no poner en peligro a su familia.
Los invasores de la serie, si bien se nos afirmaba que poseían una morfología distinta a la terrestre, habían adoptado nuestro aspecto para infiltrarse mejor entre los humanos. Pero como se trataba de una serie de ciencia-ficción, tenía que haber algún efecto especial, que se utilizaba en momentos climáticos: cuando un invasor moría, su cuerpo comenzaba a brillar con un color rojo intenso, para luego convertirse en polvo, acompañado de una musiquita que ponía los pelos de punta.
Pero eso no era todo: los invasores, bajo su disfraz humano, no eran todos iguales. La gran mayoría de ellos tenía problemas con las manos. Generalmente, no podían mover el dedo meñique. En algunos episodios, parece que a algunos actores se les olvidaba este detalle, y podía ocurrir que el invasor que en los primeros minutos tomaba un café como todo el mundo, en la mitad del episodio cogía una pistola (con la misma mano) exhibiendo el meñique de una manera que Frieda Holler sólo podría calificar de huachafa. Lo mismo podía pasar cuando daban la mano, usaban una máquina de escribir o aplaudían.
Se imaginarán ustedes lo que para un niño propenso a las fantasías podía significar eso. Nada de orejas puntiagudas a lo Spock, nada de piyamas a lo Kirk, nada de lentes de soldador a lo Ultra Siete: bastaba tener el dedo meñique extendido para pasar por invasor extraterrestre. ¿Y cuál es la ocasión más propicia para extender el dedo meñique? Pues cuando uno coge un vaso... o una copa.
Los años pasaron, mis meñiques se volvieron nostálgicos y como que adquirieron vida propia. Aún siguen jugando a caracterizar a un invasor. Soy consciente de que para algunos amigos me veo como un huchafo insufrible, y como no suelen ser personas dadas a la fantasía (o no tan viejos que sepan que existió la serie), me miran burlonamente mientras tomo mi pisco sauer o mi vaso de chicha morada (peruanazo hasta en el trago, dirán algunos. Pues... si). Mientras tanto, la magia del DVD (y la hechicería de la piratería) nos han traido de vuelta a Los Invasores, que sólo tuvieron primera y segunda temporadas en la televisión, y una miniserie filmada en 1995, tan aburrida que le redujeron metraje y la convirtieron en telefilme .
La película en mención, para mi suerte, no es el punto final a las actividades de los invasores. Siguen por ahí, apoderándose de pueblitos infames o de corporaciones transnacionales. De modo que aún podemos jugar a intentar convencer a un mundo incrédulo de que la pesadilla aún continúa...
Los invasores... seres extraños de un planeta que se extingue. DESTINO: LA TIERRA. PROPÓSITO: ADUEÑARSE DE ELLA. David Vincent los ha visto. Para él todo empezó una noche en un camino solitario, cuando buscaba un atajo que nunca encontró. Empezó con un merendero cerrado y abandonado; con un hombre tan fatigado que no podía seguir viajando. Empezó con la llegada de una nave de otra galaxia. Ahora David Vincent sabe que los invasores han llegado, que han tomado forma humana. De algún modo, debe convencer a un mundo incrédulo de que la pesadilla ya ha comenzado…



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